EL PERRO BILINGÜE / Cuento ‘El rescate’

EL PERRO BILINGÜE / Cuento ‘El rescate’

El rescate

(Segundo lugar en el Concurso Internacional de Cuentos

Pablo de Olavide otorgado por la Universidad

de Sevilla, España, en 2014)

Rocco

En esa ocasión me tocaba ser formal y tranquilo. Santa pazienza.

Me presenté con mi apellido, y dije a toda esa gente

con esmoquin, escasas fórmulas de cortesía que sabía

en inglés. Se lo debía al Paolo, éramos sus invitados de honor

—nos hospedaron en un hotel lujosísimo y, con los gafetes que

decían special guess, nos llevaron al municipio de la ciudad en

limusina, como si fuésemos sultanes adinerados— además, con

el frac Armani que había alquilado en la boutique Ugolini de

Florencia, pues como que uno se tenía que comportar decente,

y escuchar el discurso del rey sin dormir (mucho menos

roncar), hasta que llamó al Paolo y le concedió el Premio por

su Fundación. Cáspita. Entonces aplaudí. lo más british posible,

pero gritando por dentro: Bravo, Paolo! Mientras abrazaba a

Gigi, y escuchábamos el discurso que se aventó nuestro héroe

de los animales, diciendo cosas tan densas como un chocolatito

con crema. Después nos fuimos a la cena de gala que era el

ágape más lujoso de mi vida. Ahí no quedaba otra: tomé poco

(sin eructar), usé lo más correcto posible esa infinidad de cubiertos

plateados y copas de cristal cortado, no me atraganté

como de costumbre, y puse mi espalda derechita, como la de

Gigi (hasta monje tibetano parecía de lo bien que me comportaba).

A pesar de que mi alma revoloteaba de dicha, fui lo

más calmado posible con las mujeres de la fundación, sentadas

en nuestra mesa. Pocos brindis y formalito. Ni modo, me tocó

metter il becco in molle, es decir, tener mi pico calladito.

Gigi

Ser uno de los quinientos invitados del Rey Harald V de Noruega

en el Municipio de Oslo para la entrega de los premios

Nobel es un gran honor. Pero que sea tu hijo el que reciba el

Nobel de la Paz es algo que, lo juro, no puedo describir.

No sé cuál fue el prodigio más grande de esa noche: el momento

en que el rey le concedía a Paolo la medalla de oro con

la figura de Alfred Nobel, o ver a Rocco tan decente, sin que se

comportara como un hooligan de sesenta años, y sin que tratara

de cortejar a cuanta mujer viera (bueno, casi).

Obviamente, Paolo fue el hombre de la noche. La estrella.

Por suerte, los demás Nobel se entregaban en Estocolmo, y el

suyo se concedía aparte, en Noruega.

Miraba de reojo a esos hombres elegantes y potentes, que

apoyaban las propuestas de su All Animals Foundation; veía

cómo las mujeres lo miraban atentamente mientras describía

todos los proyectos para salvar millares de tortugas a lo largo

del océano Pacífico, la ayuda a los tigres de Asia, y sus cigüeñas

curadas en Sudáfrica. Indicaba la importancia de mejorar

nuestras relaciones humanas a través de los animales. Hablaba

con una voz tan segura, que incluso el esquema mundial que

propuso para la protección de todos los animales de la Tierra,

parecía real, al alcance de nuestras manos. Apenas terminé,

lo abracé con fuerza y Rocco se le colgó al cuello y lo llenó de

besos. Nos retratamos abrazados los tres. Queríamos decirnos

algo, pero ahí estábamos locos por la emoción. Disculpándose

con nosotros, fue hacia los reyes pues la etiqueta de cortesía lo

obligaba a estar con los soberanos.

Mientras servían salmón, y los chicos de la All Animals platicaban

sus experiencias en la fundación, una joven italiana se

acercó a mí. Se presentó como una periodista del diario la Repubblica

y preguntó si podía entrevistarme.

—Quisiera saber bajo su punto de vista familiar, cómo Paolo

Fonzari creó la All Animals Foundation —me dijo.

Volteé hacia Rocco, cuya mirada me suplicaba no dejarla ir.

Rocco

Mamma mia! A bona! De unos treinta, con unos muslos que

quitaban el respiro y unos pechos fan-tás-ti-cos, y sus nalguitas,

Dio! por sí solas resolvían el tercer secreto de Fátima. Solo

que ese Gigi, para variar, era indeciso. Primero le daba largas,

como si no se fiara de la reporter y no entendiera que l’occhio

vuole la sua parte y necesitamos siempre algo bello que mirar.

La verdad es que esa dulzura nos cayó del cielo, ya que el ambiente

era medio aburrido y súper formal. Le agradecí a Diosito

santo por no olvidarse de su humilde servidor. Pellizqué la

pancia gordilla de Gigi y lo avivé para atender a la prensa como

se debe:

—Pero Luigi, no seas tan descortés. Invita a la señorita a

sentarse con nosotros.

—Gracias. ¿Usted es familiar de Paolo Fonzari? —me preguntó

la dulzura de los ojos grandes.

—Casi. Este padre solo —dije mientras le acariciaba la barba

a Gigi— no hubiera podido hacer del Paolo el hombre que hoy

vemos.

Y me incluyó en su entrevista. Solo que ese desgraciado de

Gigi es un saboteador profesional, cavolo! Respondía cualquier

pregunta mal y de prisa. Y cuando ella me hacía una pregunta,

él me interrumpía, diciendo que no quería “robar” su tiempo a

la chica.

—A ella no, pero tú a mí sí que me estás robando algo, disgraziato

—traté de decírselo con la mayor tranquilidad posible.

—Bien, señorita Francesca. Creo que le hemos contado lo

que deseaba saber. Ahora, si nos permite…

Me quedé pasmado ante el portento mental de Gigi, pero

en vez de perder los sentidos, del coraje, reaccioné:

—No, no, no. Così non canta Giorgio. Así no va el asunto.

Perdónelo, señorita. En realidad, el padre de Paolo Fonzari la

pone a prueba. Si en verdad quiere saber cómo nació la A.A.F,

déjeme decirle que es una historia larga, ya sabe, Roma non fu

fatta in un giorno, pero le aseguro que nadie en el mundo la

sabe. ¿Le interesa conocerla sin prisas? (ay, Dios, hubiera querido

decir “sin prisas” en otro contexto).

—Estoy lista y tengo todo el tiempo del mundo —sacó de

nuevo su grabadora, y empezó por fin a sonreír. Yo ya no la

podía dejar ir. Vi a Gigi entre “no entiendo” y “¿ahora qué?”. Lo

abracé y le dije:

—Es justo que se sepa. Le vamos a contar la historia de Laika.

El pobre me veía anonadado, y yo llenaba nuestras tres copitas

con el exquisito vino tinto que nos ofrecía la corona noruega

Gigi

Rocco, a pesar de sus más de sesenta años, había perdido la

cabeza por aquella joven reportera, pero tenía razón. Sin la

historia de Laika, la All Animals nunca hubiera existido. Era un

buen momento para recordar esos años.

—Señorita, ¿ha oído hablar de la perra Laika, esa que los

soviéticos mandaron al espacio?

—Claro. Con ella se inició la carrera espacial a finales de los

cincuenta.

—Se equivoca. Con ella inició el fin del comunismo internacional

organizado por los rusos. Todo el mundo, capitalista o

socialista, angustiado e incrédulo, veía cómo los rusos mandaban,

como una salvajada, a una perrita a morir en el espacio.

Pues bien, ella cambió la historia de mi familia. Me acuerdo

perfectamente de esa fecha: 3 de noviembre de 1957, la recuerdo,

no por el relajito de los soviéticos, sino porque en ese

día de sol conocí, en Arezzo, al amor de mi vida, una linda sienesa

de ojos verdes y risueños, que cambió el epicentro de mi

ser: Vannina Locchi, la madre de Paolo. Ese mismísimo día supe

que transformaría el resto de mi vida, y para marcar la fecha,

compré, como recuerdo, un ejemplar del Corriere della Sera. El

día más venturoso de mi existencia fue para el resto del mundo

aciago: los rusos mandaban en órbita a aquella triste perra.

Teníamos poco más de veinte años. Y lo que pasó con la

perra se sabe bien: murió sofocada unos siete días después

de aquel idiota lanzamiento. Lo que continuó en Toscana, por

suerte, fue mi historia con Vannina. Me casé con aquella chica

fantástica, quien me donó los cuatro años más intensos y bellos

que haya vivido jamás, y mire, señorita, que los he vivido

grandes —señalaba con el brazo la sala de gala en dirección a

Paolo y los reyes. —Vannina murió en 1961, cuatro meses después

del nacimiento de Paolo.

A los cinco años de edad, Paolino sabía leer. Yo siempre lo

guiaba con pequeños cuentos para niños que nos llegaban de

Milán y Roma, pero él un día decide buscarse un texto y por

sí mismo leerlo, así, sin mi ayuda. ¿Y dónde cree que va a parar?

¡Exacto! ¡A nuestro Corriere della Sera del 1957! Solo que

il bambino no entiende bien de fechas, y lee la crónica de la

perra que aquellos desalmados soviéticos habían mandado a

morir. ¿Qué puedo contarle? Llantos. Ríos de llantos; pues el

periodista que escribió el artículo, platicaba del final inevitable

que le esperaba a la perrita, y como remate, el diario publicaba

una foto de ella.

El Paolino estaba deshecho. No podía quedarse así, esperando

que lentamente muriera ese animal. Después de leer la

noticia, vino corriendo y me pidió que hiciera algo (claro, yo

era para él, el héroe que podía todo). En la plenitud de mi inteligencia

reí, y le dije que era una noticia vieja de casi diez

años, y que la perrita era ya polvo cósmico. Paolino trató de

limpiarse las lágrimas y serio me dijo: “No es posible que no te

importe”. Como lo oye, el lema de la All Animals, y traducido

en cincuenta y dos idiomas por el mundo, mi hijo lo dijo a los

cinco años.

Los demás días fueron peores. él estaba convencido de que

Laika aún vivía, que, si no hacíamos nada, moriría. Así que lloró

por días y días, sin tregua, no olvidaba esa historia. Para él, una

perra indefensa sufría en el espacio y alguien tenía que salvarla.

Al final cedí. En esos días Vannina me hacía mucha falta y

me sentía un tonto a la deriva por no poder dar tranquilidad a

nuestro hijo. Una noche subí a su recámara, me senté a su lado,

y dije lo que jamás pensé decir: “No te preocupes, rescataremos

a Laika”…



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