LA NOCHE MÁS LARGA

LA NOCHE MÁS LARGA

LA NOCHE MÁS LARGA

Glory, Glory, Hallelujah! Subí el volumen a todo lo que me dejaba el coche, y mis tímpanos, porque la voz ronca de ese cantante me decía que seguía vivo, además calentaba mi espacio, como si la música fuera burbujitas de aire caliente. Acordes que servían para mantenerme despierto mientras manejaba, y de paso, para alejar los nubarrones que le llegaban a Melissa. Aumenté también de velocidad. Esa era la noche en que nada se podía hacer, y por eso lo hacíamos a mil. Mi Mercedes era un concierto que corría a más de 140 kilómetros en medio de las sombras iluminadas por mis faros. Y me divertí por la sorpresa de que todo el mundo se me había juntado en esa noche, con un coche alemán para atravesar Francia, y un inglés que desde la radio le cantaba a una italiana y a un español. Todo aderezado con ese puto virus chino. Una noche de autopistas, de sorpresas y fines del mundo, como en esa espléndida peli inglesa ‘Locke’ donde un tipo cambia su vida en una noche en su coche. The sun is shining, shining down, canté invitando a la chica para que dejara de mirar su jodido celular.

            Estábamos por dejar Mónaco y entrar a San Remo. Nos pararon policías franceses y luego los italianos. Dos controles largos y severos en doscientos metros de frontera. Era obvio. Nadie giraba en esas madrugadas de la perra cuarentena, jodidamente desiertas de almas y que jamás en cuarenta años de vida había visto. Ese marzo del 2020 era un espectáculo inquietante. Como si hubiera caído la famosa bomba que no destruye nada, pero que desaparece a la fauna humana. Así vivíamos la nueva locura de encierros y prohibiciones surrealistas, y por demás, sin un manual de instrucciones. Nada de escuelas ni fábricas, nada de cines o estadios, nada de aeropuertos o parques. Kaputt, finito, c’est fini, sayonara, al carajo y que el último apagara la luz. Lo que mis ojos ahora enfrentaban solo lo había visto en las películas de fin del mundo. Además, nadie se lanzaba en las autopistas y menos para atravesar las fronteras. O éramos un par de estúpidos, de irresponsables o simplemente dos desesperados.

            A señas explicamos a los oficiales que desde Bilbao íbamos a Verona. Los polis francesitos arqueaban sus ojos y socarrones reían. ‘Estos dos están borrachos’, ‘se escaparon de un manicomio’, habrán dicho los hijos de perra, sin importarles mucho nuestras necesidades, pues una lluvia de palabras incomprensibles nos cayeron desde sus mascarillas. Tres uniformes negros que se movían nerviosos afuera de mi ventanilla en esas primeras horas de la mañana. Uno de ellos decía enojado: “N’est pas possible! N’est pas possible!” mientras me indicaba los cuatro carriles de la autopista de frontera completamente vacíos y con solo dos carteles enormes que decían FRANCE – ITALIE. Efectivamente era absurdo ver mi coche como único objeto en ese largo y abandonado espacio, como si las cosas en el planeta hubieran dejado de existir o de servir. Así que con el poquísimo francés que me había quedado de Florence (con sus caricias y maldiciones en Montpellier), les expliqué que era un taxista español y que desde Bilbao llevaba a esa chica a su casa, en Verona, y que no era un jodido loco y que tampoco me divertía como un idiota. Sus miradas se movían inquietas de mi cara a la de Melissa, y un poco escudriñaban en la parte posterior de mi taxi, por si cargáramos mercancías prohibidas. Viví esos momentos inquietantes en que te dan ganas de estar del lado de los malos, solo por el placer de no convivir con los buenos. Me vinieron con placer a la mente, las imágenes de Matrix, con una lluvia de casquillos de balas. Nos dejaron pasar sin mover mucho las aguas, más que por compasión, por flojera de no tener qué descifrar con la lengua y con la lógica, lo que tenían enfrente: ¿Por qué un idiota español de cuarenta, y una veinteañera italiana desafiaban las prohibiciones de tránsito de tres países europeos en medio de la crisis de Coronavirus montados en ese taxi de lujo? Lo nuestro era un récord de cinismo o estupidez. Así que nos dejaron pasar y que se las vieran las autoridades italianas.

            Entramos en San Remo a las nueve de la mañana. Y aunque los italianos nos interrogaron detenidamente, me sentí más seguro, pues Melissa por fin pudo utilizar su lengua:

—¡Buongiorno! —No fue la voz de Sophia Loren en ‘Dos girasoles’ la que nos recibió, sino la de un joven oficial que nos interrogaba. Las luces del día ya caían fuertes sobre las colinas verdes y juguetonas de ese Mediterráneo —¿Qué hacen en la frontera a estas horas? ¿Saben que estamos a más de una semana con una cuarentena obligatoria y total en Italia? Sus documentos, por favor.

Buongiorno, ufficiale —dijo Melissa mientras entregaba nuestras identificaciones— Me llamo Melissa Benedetti, soy una estudiante universitaria Erasmus en Bilbao, y necesito regresar a casa, en Verona.

—¿En este día? ¿Saben que hay una crisis sanitaria europea por el Coronavirus? No pueden circular. Es imposible…

—En España también cerraron todo. Y me quedé sin clases y sin dinero. Tenía qué pagar la casa o comer. Al final, ya no comía y tuve que entregar la casa a la dueña. Traté de conseguir un vuelo, pero cancelaron todo, y el número de la embajada italiana nunca contestaba, lo juro… Mis padres intentaron enviarme dinero, pero todo es un desastre y las cosas ya no funcionan, ni siquiera los bancos. Es una pesadilla. Me quedé sin casa, sin comida, sin dinero, sin embajada y sin poder ver a amigos en Bilbao. Me quedaba solo gritar ‘¡auxilio!’ desde la calle del aeropuerto, donde me recogió él. Lindo ¿verdad?…

—¿Y el señor es?… —Mientras leía los datos de mi licencia. Me daban ganas de decirle: ‘Me llamo Arnold, Arnold Schwarzenegger y estoy llevando a la madre de nuestro futuro líder a Italia, a comerse unas buenas pastas con un Chianti toscano antes de que se acabe el mundo’, pero Melissa se anticipó de nuevo:

—Él se llama Pablo Axpe, y es un taxista que de Bilbao me está llevando a Verona.

—¡Fiuuuu! —Silbó el joven policía mientras sacó su celular y googleó la ruta— San Sebastián, Montpellier, Marsella, San Remo, Génova… De Bilbao a Verona son unos 1500 kilómetros, y pasan por los tres países que tienen sus fronteras cerradas y con el mayor número de muertos de Coronavirus en el mundo. Felicidades, campeones ¿No les parece qué es demasiado? Espero que su amigo no tenga el taxímetro funcionando. Moverse en taxi desde España a Italia es algo para Bill Gates…

A medio entender lo que hablaban, intervine y dije a los policías que no le cobraría nada por llevarla a su casa. Melissa y el policía me vieron sorprendidos. Ella verdaderamente sorprendida, el policía que tal vez era una bestia parda cinéfila como yo, leyó en mis ojos la mirada de De Niro en ‘Taxi Driver’ y la protección a la chica, porque en realidad ya se había imaginado una noche entre sus piernas.

El oficial dijo que nos dejarían pasar, pero que nos tendría que hacer una multa. A ella por ignorar las restricciones de la cuarentena, y a mí por ofrecer servicio de taxi a través de tres fronteras cerradas. Melissa estaba por agitarse en su respuesta, cuando le pedí que le mostrara las fotos de su familia, esas que me había mostrado mientras lloraba desconsolada en la entrada del aeropuerto de Bilbao. Y lo hizo temblando.

—¿Quiénes son? —Preguntó el policía con curiosidad, viendo a tres personas vestidas con batas y mascarillas clínicas.

—Mis papás y mi hermana. Mi papá es chofer de ambulancias en Verona, mi mamá es médico y se ofreció como voluntaria en el hospital de Brescia, y mi hermana es enfermera y trabaja en el reparto Covid-19 de Bérgamo…

El policía miró la imagen detenidamente meneando la cabeza. Melissa inundó en silencio sus ojos. Eran de un verde intenso, como el huracán que azotaba a su familia, a su país y a su mundo, nuestro jodidísimo mundo. El oficial llenó uno de esos certificados obligatorios para moverse, escribiendo que ya habíamos sido revisados por las autoridades y que podíamos ir sin ningún problema hasta Verona. Le hizo poner a Melissa su dirección y puso mis datos para que ese mismo documento me sirviera de regreso, hasta Bilbao. Y ya. Se olvidó de multas y otras minucias. Ahí flotaban cosas que nadie entendía, como imágenes sin sentido a la Blade Runner, pero que históricamente ya las sabíamos.

Mi navegador me daba dos rutas y decidimos por la del sur, propuesta por el policía y que pasaba por Génova. No era el caso atravesar la Lombardía, que por lo que había escuchado y visto en la tele los últimos días, la daban como una zona apocalíptica y era la región más devastada en el mundo por Coronavirus.

Aunque la música y la conversación seguían fluyendo, estaba profundamente cansado y con ganas de un café. Cuando la autopista comenzó a bordear la ciudad de Cristóbal Colón, me metí a un área de descanso y le propuse un café a Melissa.

—Pero si está todo cerrado. —Me dijo desconsolada, viendo las estaciones de servicio vacías.

—No, chica. No, si viajas con un taxista vasco.

Y divertido, abrí la cajuela de mi coche y saqué un calentador de agua, lo llené y luego preparé dos tazas de Nescafé hirviendo (hasta leche en polvo tenía) y dos galletas para acompañar. Melissa reía y dijo que era la primera vez que tomaba ese ‘café’ y, aunque actuaba caras de asco, con gusto lo tomó. Había soñado que en mi primer viaje a Italia tomaría un capuchino, en vez de eso ahí estaba con un café soluble. Nuestras bocas crujieron de placer ante el líquido amargo y fuerte. Miré detenidamente la ciudad de Génova, las colinas estaban repletas de edificios que del blanco al dorado se extendían hasta el mar. Era como una tarjeta postal: sin gente, sin coches y sin movimiento. Nunca imaginé que mi primera vez en Italia sería así.

—Necesito dormir —le dije a Melissa—, Llevo diez horas manejando y anoche no dormí muy bien. Ver a mi hijo ayer fue un golpe fuerte. Te juro que necesito dormir un par de horas.

—Tranquilo, Pablo. Tengo que escribir a mi hermana unos mensajes y contarle que ya pasamos la frontera.

Y me dejé caer. Era como si las cosas se hubieran juntado, pero todo y tanto. En ese momento los ojos se me cerraban y vencían, presentaban la cuenta.

Un par de horas después me despertaron los llantos de Melissa. Al principio creí que eran parte de un sueño, pero no. Eras reales como nuestro viaje. Estaba desesperada. La chica lloraba a más no poder mientras aferraba su celular al pecho.

—Pablo, es un desastre. Tenemos que cambiar la ruta y pasar por Bérgamo.

Por esos días esa ciudad me hacía temblar el pulso. Si ya la Lombardía era una zona roja, la ciudad de Bérgamo era el epicentro de Coronavirus a nivel mundial. Era como nadar entre tiburones en el ojo del huracán. Balbuceé una respuesta:

—Perderíamos tiempo. Además, el policía que nos revisó, escribió en nuestros papeles la ruta, y no pasamos por Bérgamo.

—¡No lo entiendes! ¡Nadie lo entiende! ¡Se están muriendo! ¡todos se están muriendo!

Y cayó derrumbada. Yo la dejé hasta que se calmó. Le pedí que se explicara. Sacó su celular. Me mostró fotos de decenas de personas intubadas en una sala de hospital. En otras, había manchas de sangre y suciedad en esas salas de hospital, enfermeros derrumbados de cansancio en las sillas, doctores que se abrazaban saliendo de una sala. Me enseñó la foto de una enfermera alta y delgada, con los cabellos recogidos y una camiseta quirúrgica, de tez blanca, cuello delgado con marcas de cubrebocas y de anteojos protectores por toda su cara. Aunque se veía cansada y sucia, una belleza resplandecía en esa chica de hermosos ojos verdes. Era una copia, de un par de años más grande, de Melissa.

—Es Martina, mi hermana. Trabaja en el hospital Papa Giovanni XXIII de Bérgamo (El epicentro del epicentro del epicentro, pensé). Ahora solo están atendiendo enfermos de Covid-19. Me cuenta que es un desastre. Que son cientos los que están llegando al hospital, que no hay lugar para ellos, y la gente con fiebre y tosiendo tiene que esperar sentada en los corredores; me cuenta que no es como una jodida pulmonía, sino que es algo peor y nunca visto. Que sus compañeros y los doctores, uno a uno, se están enfermando, que llevan turnos de doce horas; que los ventiladores casi no sirven para nada y los enfermos siguen sin respirar y que están cayendo como las moscas. Mi hermana me dice que está por volverse loca, que nunca ha visto tantos muertos en tan poco tiempo, que ningún médico entiende lo que está pasando, y que empiezan a llegar camiones militares para llevarse los cuerpos a incinerarlos porque la ciudad ya no tiene más capacidad para ellos… Pablo, me tienes que llevar a Bérgamo.

—¿Pero tú que puedes hacer por ellos? No eres una enfermera, ni médico o algo parecido.

—¡Joder, necesito ver a mi hermana! —Explotó, calmándose luego…— Hace dos meses, cuando me fui a estudiar a Bilbao, Martina y yo discutimos. Y la ofendí. Le dije que yo me iba a estudiar Derecho Europeo porque no quería terminar como una enfermera muerta de hambre… ¿Te das cuenta, Pablo? Mi hermana es ahora un ángel hermoso, fuerte y necesario. Y tengo que verla para decirle gracias y que la admiro y que la amo tanto… No quiero que se muera. Yo sé que si la veo y le digo que la admiro, Martina no morirá. Te lo ruego, Pablo, llévame a Bérgamo…

No había terminado de hablar cuando yo ya estaba encendiendo el coche y metía los datos en el navegador para ese jodido hospital de Bérgamo…

Seguía sin acostumbrarme a esas autopistas solitarias. La tarde avanzaba más rápido del normal por los nubarrones grises y cargados que se acercaban. Mi navegador y el letrero de la Autopista A7 encajaron y tomé ruta hacia el norte. Puse música para que el ansia de la chica no explotara en mi espacio.

Melissa me platicó de sus padres y sobre todo de Martina, de sus juegos y berrinches, de un amor, odio y batallas que se dieron desde siempre entre ellas: Martina era la hermana que había copiado la actividad de los padres, y Melissa era la que quería escapar de ellos. Martina era la niña buena, Melissa la caradura de la familia. Pero también Martina había sido la hermana mayor de los secretos, la de las historias con una linterna encendida debajo de las sábanas en una noche de tormenta, la que le enseñó a esquiar, la que le regalaba vestidos y dinero. La primera en aparecer en sus cumpleaños y la última en dejarla. La primera que se enteró cuando perdió su virginidad. También Martina le había enseñado a cocinar las mejores lasañas del mundo. Solo que ahí paré a Melissa, pues si comenzaba a hablar de comida, se jodía el asunto, pues llevábamos más de diez horas sin tocar bocado.

Entramos a Bérgamo ya de noche. Era como si a la ciudad no le importase un carajo nada de nadie. La lluvia fue el único ruido en esas calles desoladoramente abandonadas. Los edificios se repetían en las sombras y la ausencia de coches era inquietante. Además, olía a tristeza, esa de mil capas, que no se borra con nada. Nunca imaginé que mi primera entrada en una ciudad italiana sería así.

Bordeamos la periferia de la ciudad. Algunos edificios señoriales se alternaban con otros decadentes. El navegador era preciso y en esas calles sin tráfico llegamos fácil a nuestro destino. Un retén militar nos detuvo a una calle del hospital. Vieron nuestros papeles y dijeron que de ahí no se pasaba. Melissa explicó que su hermana trabajaba ahí y que necesitaba verla; pero a diferencia de los policías de frontera, los militares fueron inamovibles y repitieron que de ahí no se pasaba. Nos exigieron liberar la calle. Entonces llamó a su hermana por teléfono y le dijo que estábamos afuera, en la esquina de una gasolinera, a una cuadra del hospital.

Lo que pasó después fue deprisa y sin sentido. Yo me aferraba las cosas como si fueran fantasmas en medio de la fiebre: Una columna de camiones militares cargados de cuerpos salieron del hospital y Melissa corrió hacia ellos. Yo la seguí como pude. Vimos a mucha gente que desde sus ventanas de los edificios vecinos lloraba o rezaba con veladoras en las manos. Y casi en medio de la calle, como una profeta, una enfermera se puso a un lado de la columna de camiones. Era Martina, la hermana de Melissa. Nosotros, a treinta metros de ella vimos que cada camión que pasaba a su lado, disminuía la velocidad a lo largo de la vía para que la enfermera dibujara una cruz tocándolos mientras sus labios oraban algo con dolor y fuerza. Recuerdo que sentí el escalofrío de la primera vez que vi Apocalypse Now. Fue así, nadie me lo contó. Yo viví la noche más larga de Bérgamo. Los camiones aminoraban el paso a su lado, sin perder la fila, treinta interminables elementos; los soldados sin bajar sus mascarillas y ventanas, se quitaban sus gorros y seguían de frente, hacia afuera de la ciudad: “Vayan con Dios. Descansen en paz”, decía Martina con su bata blanca y desordenada. En cada camión subía la voz, sus cruces lanzadas terminaban en las partes traseras, malditamente selladas. Y yo, aunque no sabía italiano, entendía muy bien lo que pasaba: algo muy profundo, algo del misterio del hombre y su imposibilidad, la injusticia de morir en la soledad. Un mundo nuevo e incomprensible nos caía encima. Melissa estaba derrumbada de dolor en mis brazos viendo todo aquello que veinte días atrás nos hubiera parecido un chiste imposible y de mal gusto, pero ahí, en esa noche bergamasca, esas imágenes tenían el mayor y triste sello de la historia. Treinta veces escuché: “Vayan con Dios. Descansen en paz”. Treinta veces morí en esa puta noche donde ya no había lugar para los muertos. Pero también reviví treinta veces, porque aún había gente que enfrentaba de pie la peor de las tormentas.

Cuando el último camión militar dobló la esquina, Martina, exhausta, nos vio y se acercó. Melissa corrió hacia su hermana para abrazarla, pero Martina la paró con tacto a un par de metros:

—Ay Meli, no te puedo abrazar. Trabajo solo con infectados. Si te abrazara ahora, te condenaría. Y te quiero más que mi abrazo. —Dijo, ataviada con una gran mascarilla profesional y una careta que la protegía. Luego, se volteó hacia mí y me dijo: —Hola, Pablo. Melissa me contó lo que haces por ella y te lo agradezco. Solo un loco español llevaría en taxi a una persona desde Bilbao hasta Verona. Te lo agradezco de corazón. —Dicho por una mujer como ella, me sentía orgulloso.

Melissa lloraba, Martina le dijo que saldrían de esa, que era solo una noche equivocada, cargada de muertes injustas y de lluvia, pero que mañana, o pasado mañana amainaría para Bérgamo, o al menos para ellas. Le dijo que la vida tenía la obligación de continuar. Entonces Melissa se atrevió:

—Vine para decirte que eres la persona que más admiro, y también la que más quiero. Solo eso, Martina. Mete mis palabras en un papel y dóblalas. Cuando te hagan falta allá, en tu hospital, sácalas y cúbrete con ellas…

Y se mandaron besos a lo lejos. Nosotros nos arriesgábamos a ser multados y decidimos regresar al coche y tomar la autopista.

Verona estaba a hora y media, y lo peor de la noche ya se había quedado atrás.

(Juan Carlos Calderón)



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